lunes, 29 de enero de 2018

A la captura de las auroras boreales. Parte I

Observar las auroras boreales es como soñar despierta, ¿verdad? Esas luces verdes en el horizonte que parecen de otro planeta. Propósito presentado entre los puestos más altos de las inspiradoras listas tituladas "Cosas que hacer antes de morir". 

Si vivo en uno de los pocos países donde este fenómeno se da, tengo que ir a verlas -pensé-. Lo vi claro. Y no paré hasta reservar un par de billetes de ida y vuelta al punto más cercano al Polo Norte de Suecia. Mmmm mejor época...invierno. Cuánto más frío, más probabilidades. Allá vamos. 

Y el fin de semana elegido llegó hace diez días. Teníamos ropa de nieve, capas térmicas, coche alquilado, alojamiento reservado. Nuestros colegas suecos se sorprendían de nuestra osadía al pretender pisar Abisko en la época más fría del año. Las temperaturas pueden descender hasta los cuarenta grados bajo cero. ¿Estaremos cometiendo una turistada? Fuera como fuese, nos plantamos bien puntuales en el aeropuerto con una buena dosis de ilusión y altas expectativas. ¡Menuda aventura!

Poca idea teníamos de lo que nos esperaba cuando empezaron a surgir imprevistos. Vuelo retrasado media hora. Bueno, en realidad no es mucho. El problema era, más bien, llegar a tiempo a la escala. Los minutos fueron subiendo discretamente en la pantalla de embarque hasta que aceptamos que era humanamente imposible coger el segundo vuelo hasta nuestro destino final. Mantengamos la calma, la aerolínia es responsable de reubicarnos en el siguiente vuelo. 

Después de unas cuantas turbulencias en un corto pero intenso viaje, aterrizamos en Estocolmo. El resto de pasajeros habían sido recolocados excepto los viajeros con destino Kiruna (en otras palabras, nosotros). Diríjanse a la ventanilla de servicio de información -nos indicaron-. Lugar en el que, minutos más tarde, confirmaron nuestras sospechas: esa noche dormíamos sin ver las auroras. Por suerte, nos reservaron un buen hotel en el aeropuerto con música agradable y espléndido bufé desayuno. Nos tocaba esperar nada menos que hasta las 11:40 del día siguiente para volar. 

El sábado nos despertamos después de un reconfortante descanso y aterrizamos en Kiruna sin más incidentes. Recogimos nuestro coche de alquiler y nos dispusimos a conducir hasta nuestro anhelado Abisko. ¡Qué paisaje tan especial! La carretera estaba rodeada de metros de nieve. Todo lo que los ojos alcanzaban a distinguir era blanco. Una gruesa e inmutable manta blanca cubría las montañas, las copas de los árboles se esforzaban por asomar entre la densa e imperturbable franja de nieve. Qué pureza. Qué calma. Qué firmeza. Por fin, rodeamos el enorme lago que señala la llegada al pueblecito. La fuerza de la naturaleza convierte cada invierno su superficie en un suelo macizo de hielo. Intuir la profundidad de esas aguas mientras caminas sobre él eriza la piel en cada rincón del cuerpo. Dirigir la vista a tus pies y encontrar hielo recio, profundidad infinita, oscuridad opaca.

¿Conseguiríamos finalmente ese día disfrutar del baile celeste de las auroras?





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