viernes, 2 de febrero de 2018

A la captura de las auroras boreales. Parte II

Expiramos aliviados al aparcar el coche en la puerta del hostal. Más vale tarde que nunca, se suele decir. Entre unas cosas y otras llegábamos con un par de horas de retraso a nuestra primera excursión. El día anterior nos habíamos puesto en contacto con el guía y, para nuestra sorpresa, dijo que nos esperaba. Por lo visto había muy pocas plazas reservadas y no les importaba comenzar la ruta más tarde. ¡Por fin la suerte volvía a sonreirnos! 

Ni cortos ni perezosos, nos ataviamos con la indumentaria de montaña y nos calzamos las raquetas. Durante el recorrido, fuimos adquiriendo una mínima destreza al caminar mientras disfrutábamos del gélido paisaje. Subimos monte arriba escuchando interesantes detalles sobre cómo la fauna y flora autóctonas se las apañan para sobrevivir exitosamente en semejantes condiciones climáticas. Uno de los momentos más especiales fue descubrir un atardecer de tonos, para mi gusto, extraordinarios. El sol se ponía sigilosamente y reflejaba su luz en la luna de una forma tan intensa que parecía emanar de ella. Si existe un planeta con dos soles, imagino a sus habitantes percibiendo una escena de este estilo -pensé-. Los matices azules y amarillentos se fundían hasta desaparecer detrás de la montaña del Camello. Escudriñando la fotografía deducirás el origen de su nombre.




Paso a paso, cuidado donde pisas. Los pies y sus correspondientes raquetas causaban efectos curiosos en el suelo. O al menos para mí, que nunca había paseado por un terreno compuesto por tantos metros de nieve acumulada. Según cómo y dónde pisara, mi pie se hundía medio metro en la masa blanca y tenía que esforzarme por desencajarlo para dar el siguiente paso. Otras veces, tenía la suerte de acertar colocando la raqueta en una placa firme de tres centímetros que se quebraba a mi paso. ¡Qué sensación! Era como arena impoluta de un blanco polar, aunque el tacto con la piel te devolvía a la realidad de un golpe de frío abismal. 

Después de un intenso tramo llegamos al mirador conocido como la puerta a Laponia. Por fin pudimos descansar y reponernos bebiendo un reconfortante zumo caliente de arándano rojo. La preciosa vista de Abisko junto a su inseparable lago acompañaba la estampa. Parecía tan diminuto y delicado, una verdadera postal. El pueblecito se compone de un reducido grupo de casas al más puro estilo nórdico, con su fachada de madera en rojo y su tejado a dos aguas. Luces ténues y bien cálidas iluminando las calles. Un silencio contundente. Una oscuridad teñida de azul marino. Rodeada de hectáreas de bosque, naturaleza, la nada... Lo único que alcanzaba a distinguir eran ladridos de husky en la distancia. Si me quedaba muy quieta creía percibir ecos de viento, la Tierra palpitando. 






1 comentario:

  1. Que bonito tiene que ser estar allí. Me alegra que aprovecharais el viaje

    ResponderEliminar