viernes, 11 de mayo de 2018

Tren nocturno hacia el círculo polar ártico

Este mes de abril he inaugurado la temporada de viajes de trabajo. Unos más accesibles que otros, destinos cercanos, por lo general, a los que se puede llegar en tren o coche. La semana pasada me tocaba estrenar ciudad sueca. ¡No me quejo! En mi tiempo libre aprovecho para explorar zonas desconocidas y poder disfrutar de ello por motivos laborales no tiene precio.

Esperaba con curiosidad conocer Umeå, tan al norte, tan lejana. Además, esta vez íbamos a coger el famoso tren nocturno. Cosa que se agradece teniendo en cuenta las trece horas de viaje que se tarda en llegar. Casi nada. Había oído hablar de este tren alguna vez: recorre el país de un extremo al otro. De norte a sur. Su alargada figura crea inevitablemente una distancia generosa entre el inhóspito norte y el amable sur. 

Me acercaba a la estación alegre, disfrutando de los primeros días de "calor" de este año. Por lo visto a la ida teníamos reservado un compartimento privado para tres personas, de los caros. Al subir a mi vagón y verlo, no me cuadraba expectativa respecto a realidad. ¿Es este? No puede ser, me habré equivocado de número. Mientras comprobaba el billete, llegaron mis compañeras. ¡Ya estás aquí! (Por lo visto era ese, sí). 

Desde luego, frío no vamos a pasar. Tren del círculo polar ártico, lo llaman. ¿Por eso diseñan compartimentos tan milimétricos? Quizás tú has viajado mucho -o más que yo- en trenes nocturnos y te parece lo más natural del mundo. Pero yo me quedé un poco a cuadros. Mucho ruido y pocas nueces, tú. Demasiado espacio no había, así que pasé la primera parte del viaje en el vagón restaurante y el resto echada en la cama. Aquello se zarandeaba más que un avión...así que dormir, más o menos, pero descansar, poco. A las siete de la mañana parábamos en nuestro destino y allí nos quedamos. ¡Qué contraste! Ahora que en Göteborg ya empazábamos a rozar los quince grados -al fin y al cabo era mayo- nos da por subir al norte y volver a la sensación pura de invierno. Nieve todavía en algunos rincones, no te digo más. La verdad es que no me pareció la ciudad sueca más acogedora. Eso sí, presume de una iglesia bien hermosa y habitantes sonrientes. Arquitectónicamente, ningún descubrimiento, aunque no por ello deja de alegrarme el haberla visitado. Desde la habitación del hotel disfrutamos de una vista privilegiada, daba la sensación de que casi ningún edificio superaba los tres pisos. Al alojarnos en un octavo, la pamorámica resultaba espectacular. Un anochecer de tonos deliciosamente azules. El cielo no se oscureció del todo prácticamente en toda la noche, queda una ténue luz residual que ilumina incesante. Hasta que sale el sol otra vez. Es lo que tienen semejantes latitudes durante la primavera y el verano. 

La vuelta a casa fue todavía más entretenida dado que nos correspondía un vagón de seis plazas, que son algo más económicos. Si el compartimento que teníamos a la ida se conoce como "de dormir", el nombre de este otro se traduce como "plaza para estar tumbado". Me temía lo peor. Pero ciertamente, la diferencia no fue tan abismal. Cómico el momento de montar las camas durante el cual todo el mundo tiene que salir del compartimento para poder realizar la maniobra. Por lo demás, trece horas de traqueteo de vuelta y en casita. A disfrutar la primavera sueca.